miércoles, julio 12, 2006

CANCIÓN DE MEDIANOCHE

Se sentaba siempre al final de la barra, para no resaltar, para no molestar. Qué distinto a como era antes: tan excéntrico, tan magnético, tan mediático... -Ahora ya nadie le conocía, el tiempo y el alcohol le cambiaron demasiado.- Él era el ejemplo más claro de que, a veces, la vida no concede una segunda oportunidad.
Y así pasaba las noches, apoyado en el mostrador, envuelto en humo y efluvio de algún distinguido licor. Alguna vez, alguien le miró un instante: quizás creyó reconocer en él a una vieja gloria del rock. Pero sólo fue un segundo. No, porque... cómo iba a ser él.
Al avanzar la madrugada, cuando ya el club quedaba vacío y en silencio, en penumbra, y con las sillas vueltas sobre las mesas, el escenario volvía a ser suyo. Y subía. Y bajo una luz tenue que recortaba su silueta sobre el terciopelo rojo, cantaba su canción.
Un día, el viejo dejó de sentarse al final de la barra, pero nadie lo advirtió. Y al llegar la medianoche, ya nadie cantaba su canción.
"Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello, que en mi juventud me deslumbraba, aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no hay que afligirse. Porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo." (Natalie Wood, Esplendor en la hierba)