lunes, septiembre 18, 2006

EL SOL DE PONIENTE

Aquella tarde no era una más. Contemplar el cielo no era sólo mirar. Era un instante de eternidad, y se podía tocar, se podía robar. Era tuyo. Y de ella. Quizás notaste que era el último, y lo guardaste en la memoria, o quizás era tan bello que lo asimilaste a su sonrisa, a su rostro, a vuestros recuerdos... mientras la mirabas.

En sus ojos se reflejó el crepúsculo, y el azul se tornó naranja, como la llama que se aviva segundos antes de consumirse por completo, como la pasión, que intenta engañar haciendo creer que aún vive, cuando lo cierto es que su último aliento expiró hace tiempo. Pero no lo sabe, pero no quiere saberlo.

Era una buena forma de terminar. Una metáfora para el desamor, una razón para escuchar un blues, un motivo para el beso con sabor a "los mejores años de nuestras vidas", para despedirse, para mirarse sin rencor, pero sin pasión, un día para olvidar cada día... el resto de tu vida.
Era un buen final para enterrar el amor... en el mismo cementerio donde cada tarde moría el Sol.
"El paraíso deviene en infierno y luego se queja, y sin que nadie se mueva... ¿quién lo arregla?"
(Héroes del Silencio, En brazos de la fiebre)